Un aspecto susceptible de estudio y análisis por parte de los que se denominan “expertos” en materia psicológica y pedagógica es el famoso juego, que ha sido foco de atención principalmente debido al hecho de que es algo presente en numerosos aspectos y facetas de la vida.
Atendiendo a la definición que Huizinga ofrece acerca de dicho concepto, podemos definir el juego como “una actividad u ocupación voluntaria que se realiza dentro de ciertos límites establecidos de espacio y tiempo, atendiendo a reglas libremente aceptadas, pero incondicionalmente seguidas, que tienen su objetivo en sí mismo y se acompaña de un sentido de tensión y alegría”.
Parece por tanto evidente, a raíz de la descripción que acabo de exponer, que el juego implica una cierta sumisión a unas normas previamente establecidas por determinados miembros del grupo, con las que se pretende acotar el terreno dentro del cual esta actividad debe ser llevada a cabo por los participantes en la misma. Hasta ahí la cosa parece estar bien y todos de acuerdo. Pero echando una nueva ojeada a la definición resalta en mis ojos una palabra que no me permite centrarme en otros aspectos, y ésta no es otra que “libremente”. Sí, se supone que la intervención en uno u otro juego (que puede ir desde el más simple juego motor hasta un complejísimo y elaborado juego dramático) debe partir de la libertad de elección de la persona, pero ¿realmente sólo jugamos a aquellos juegos a los que nos apetece hacerlo, o constantemente estamos imbuidos en dinámicas en las que nos vemos obligados a representar ciertos papeles, que nos limitamos a acatar no sin cierto reparo e incluso oposicionismo?
Partiendo de que la vida, aparte de ser sueño como ya indicaba Calderón de la Barca, tiene bastante de juego, e incluso no me parecería erróneo afirmar categóricamente que supone en sí misma el “Gran Juego” del que no podemos participar, pues son muchas las misiones por cumplir (convertirse en un eficiente trabajador, buen amante, servicial amigo, fiel pareja y gran persona, sólo por citar algunas) y numerosos los pasos y medios que debemos emplear para poder llegar a la meta, pero lo crítico del transcurrir de nuestras vidas es que realizar un movimiento no es producto de algo tan sencillo como agitar los dados y esperar a que la suerte ejerza su influjo.
Sin pasar a adentrarme en cuestiones relacionas con la predestinación y el determinismo, sí que resulta obvio algo tan aparentemente claro como es que desde que nacemos se nos cuelga una etiqueta (algo así como el trozo de papel con el nombre del personaje que tan tontamente debíamos llegar a descubrir en el popular “Liberty”), y a raíz de ello se espera que nos comportemos en consecuencia, para lo cual se nos suelta previamente en esta especie de jungla, y se nos anima a descubrir por nosotros mismos los recursos que hay a nuestro alcance orientados a salvaguardar nuestros inocentes traseros y garantizar la supervivencia. Pero yo, que quizás peco de suspicaz, cuando no de pesimista, desconfiado y malpensado respecto a la raza humano, no creo en las buenas intenciones de nuestros mayores, y de la sociedad en general, por convertirnos en jugadores, pues de alguna forma nos sueltan al mundo como los países envían a sus soldados a la guerra, esperando que muchos de ellos vuelvan sanos y salvos, pero sabiendo que una parte de ellos se quedarán por el camino.
Todo esto que anteriormente comentaba es algo que, aplicado al juego, supone convertirse en un jugador apático, pasivo, espectador de las estrategias ajenas pero incapaz de planificar y menos aún de ejecutar la suya propia, esperando que llegue el turno de los demás para obviar su presencia en el mismo y con la esperanza de que antes o después la partida llegue a su fin, para poder pasar a otro juego más agradable, en el que el azar se muestre más generoso y benévolo con las cartas que nos asigna, situándonos en una posición más privilegiada desde la que resulte más fácil realizar la jugada maestra y lograr el tirunfo.
¿Acaso la vida no es más que una sucesión de juegos concatenados en los que unas veces –las menos- ganamos y la mayor parte del tiempo perdemos y mordemos el polvo una y otra vez, a modo de niños imbéciles que tropiezan continuamente con la misma piedra sin extraer de ello un mínimo aprendizaje que nos prevenga de incurrir en los mismos errores?
En cualquier caso, si tantos juegos son los que deben vernos como participantes a lo largo de nuestra insigne, pero a la vez, intensa vida, ¿qué razones podemos aducir para eximirnos de tamaña responsabilidad? Quiero decir, si son muchas las partidas por jugar, no parece descabellado optar por inhibirse de colaborar en alguna de ellas, pues ya habrá tiempo de recuperar el tiempo perdido en sucesivas rondas. ¿O no? Podría ser que si en algún momento empleamos el archiconocido y excesivamente manido “pasapalabra” o la recurrente expresión “paso turno”, junto con nuestra oportunidad para jugar, estemos también desaprovechando la posibilidad para ganar de una vez por todas, para proclamarnos vencedores absolutos de esto que llamamos vida, no alcanzando la tierra prometida desde antaño y, por ende, no pudiendo comprobar profundamente desilusionados y descontentos que todo había sido otra finta más, un simple “promete hasta que la mete, y una vez metido, se acabó lo prometido”. Y luego llegan los “y si” (o “what if” si nos ponemos en plan anglosajón), y con ellos los arrepentimientos, el darle vueltas a lo que podría haber sido pero no es, la carencia, la desesperación, la gota que colma el vaso, el suicidio… Game over, insert coin, ¿próximo jugador?
Seguramente el único reducto que me queda para no ser yo el próximo es plantarme, una sabia decisión en los juegos de apuestas (¿qué juego no lo es?), que también podemos extrapolar a la vida cotidiana a fin de evitar que en esta ronda de la ruleta rusa, al empuñar titubeantemente la pistola y apretar el gatillo, nuestros sesos vuelen en mil pedazos “por toda la habitación”, y con ellos nuestra posibilidad de remontar, de doblar la apuesta y tomar el mando. No. Yo no quiero jugar esta vez. Puede que tampoco la próxima. Incluso nunca más. Reclamo mi derecho a no jugar, y no me limito simplemente al hecho de asumir un rol receptivo y paciente en la partida, sino de pasar de ella, de no participar, no involucrarse o mandar las normas a la mierda, mientras el resto del rebaño continúa sumido respondiendo (con escaso atino la mayoría de las veces) los interrogantes que nos plantea el crecer, el madurar, pero no por la motivación intrínseca de realizarnos en cualquiera de nuestras dimensiones, sino simplemente por el afán avaro y pretencioso de recaudar porciones de colorines con los que llenar nuestro quesito. ¿Quién será el primero en llegar al centro?
La vida. Bonito juego, en definitiva. ¿Juego?
Atendiendo a la definición que Huizinga ofrece acerca de dicho concepto, podemos definir el juego como “una actividad u ocupación voluntaria que se realiza dentro de ciertos límites establecidos de espacio y tiempo, atendiendo a reglas libremente aceptadas, pero incondicionalmente seguidas, que tienen su objetivo en sí mismo y se acompaña de un sentido de tensión y alegría”.
Parece por tanto evidente, a raíz de la descripción que acabo de exponer, que el juego implica una cierta sumisión a unas normas previamente establecidas por determinados miembros del grupo, con las que se pretende acotar el terreno dentro del cual esta actividad debe ser llevada a cabo por los participantes en la misma. Hasta ahí la cosa parece estar bien y todos de acuerdo. Pero echando una nueva ojeada a la definición resalta en mis ojos una palabra que no me permite centrarme en otros aspectos, y ésta no es otra que “libremente”. Sí, se supone que la intervención en uno u otro juego (que puede ir desde el más simple juego motor hasta un complejísimo y elaborado juego dramático) debe partir de la libertad de elección de la persona, pero ¿realmente sólo jugamos a aquellos juegos a los que nos apetece hacerlo, o constantemente estamos imbuidos en dinámicas en las que nos vemos obligados a representar ciertos papeles, que nos limitamos a acatar no sin cierto reparo e incluso oposicionismo?
Partiendo de que la vida, aparte de ser sueño como ya indicaba Calderón de la Barca, tiene bastante de juego, e incluso no me parecería erróneo afirmar categóricamente que supone en sí misma el “Gran Juego” del que no podemos participar, pues son muchas las misiones por cumplir (convertirse en un eficiente trabajador, buen amante, servicial amigo, fiel pareja y gran persona, sólo por citar algunas) y numerosos los pasos y medios que debemos emplear para poder llegar a la meta, pero lo crítico del transcurrir de nuestras vidas es que realizar un movimiento no es producto de algo tan sencillo como agitar los dados y esperar a que la suerte ejerza su influjo.
Sin pasar a adentrarme en cuestiones relacionas con la predestinación y el determinismo, sí que resulta obvio algo tan aparentemente claro como es que desde que nacemos se nos cuelga una etiqueta (algo así como el trozo de papel con el nombre del personaje que tan tontamente debíamos llegar a descubrir en el popular “Liberty”), y a raíz de ello se espera que nos comportemos en consecuencia, para lo cual se nos suelta previamente en esta especie de jungla, y se nos anima a descubrir por nosotros mismos los recursos que hay a nuestro alcance orientados a salvaguardar nuestros inocentes traseros y garantizar la supervivencia. Pero yo, que quizás peco de suspicaz, cuando no de pesimista, desconfiado y malpensado respecto a la raza humano, no creo en las buenas intenciones de nuestros mayores, y de la sociedad en general, por convertirnos en jugadores, pues de alguna forma nos sueltan al mundo como los países envían a sus soldados a la guerra, esperando que muchos de ellos vuelvan sanos y salvos, pero sabiendo que una parte de ellos se quedarán por el camino.
Todo esto que anteriormente comentaba es algo que, aplicado al juego, supone convertirse en un jugador apático, pasivo, espectador de las estrategias ajenas pero incapaz de planificar y menos aún de ejecutar la suya propia, esperando que llegue el turno de los demás para obviar su presencia en el mismo y con la esperanza de que antes o después la partida llegue a su fin, para poder pasar a otro juego más agradable, en el que el azar se muestre más generoso y benévolo con las cartas que nos asigna, situándonos en una posición más privilegiada desde la que resulte más fácil realizar la jugada maestra y lograr el tirunfo.
¿Acaso la vida no es más que una sucesión de juegos concatenados en los que unas veces –las menos- ganamos y la mayor parte del tiempo perdemos y mordemos el polvo una y otra vez, a modo de niños imbéciles que tropiezan continuamente con la misma piedra sin extraer de ello un mínimo aprendizaje que nos prevenga de incurrir en los mismos errores?
En cualquier caso, si tantos juegos son los que deben vernos como participantes a lo largo de nuestra insigne, pero a la vez, intensa vida, ¿qué razones podemos aducir para eximirnos de tamaña responsabilidad? Quiero decir, si son muchas las partidas por jugar, no parece descabellado optar por inhibirse de colaborar en alguna de ellas, pues ya habrá tiempo de recuperar el tiempo perdido en sucesivas rondas. ¿O no? Podría ser que si en algún momento empleamos el archiconocido y excesivamente manido “pasapalabra” o la recurrente expresión “paso turno”, junto con nuestra oportunidad para jugar, estemos también desaprovechando la posibilidad para ganar de una vez por todas, para proclamarnos vencedores absolutos de esto que llamamos vida, no alcanzando la tierra prometida desde antaño y, por ende, no pudiendo comprobar profundamente desilusionados y descontentos que todo había sido otra finta más, un simple “promete hasta que la mete, y una vez metido, se acabó lo prometido”. Y luego llegan los “y si” (o “what if” si nos ponemos en plan anglosajón), y con ellos los arrepentimientos, el darle vueltas a lo que podría haber sido pero no es, la carencia, la desesperación, la gota que colma el vaso, el suicidio… Game over, insert coin, ¿próximo jugador?
Seguramente el único reducto que me queda para no ser yo el próximo es plantarme, una sabia decisión en los juegos de apuestas (¿qué juego no lo es?), que también podemos extrapolar a la vida cotidiana a fin de evitar que en esta ronda de la ruleta rusa, al empuñar titubeantemente la pistola y apretar el gatillo, nuestros sesos vuelen en mil pedazos “por toda la habitación”, y con ellos nuestra posibilidad de remontar, de doblar la apuesta y tomar el mando. No. Yo no quiero jugar esta vez. Puede que tampoco la próxima. Incluso nunca más. Reclamo mi derecho a no jugar, y no me limito simplemente al hecho de asumir un rol receptivo y paciente en la partida, sino de pasar de ella, de no participar, no involucrarse o mandar las normas a la mierda, mientras el resto del rebaño continúa sumido respondiendo (con escaso atino la mayoría de las veces) los interrogantes que nos plantea el crecer, el madurar, pero no por la motivación intrínseca de realizarnos en cualquiera de nuestras dimensiones, sino simplemente por el afán avaro y pretencioso de recaudar porciones de colorines con los que llenar nuestro quesito. ¿Quién será el primero en llegar al centro?
La vida. Bonito juego, en definitiva. ¿Juego?

